El PRI… lo que queda

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Por María Jaramillo Alanís

Debíamos encontrar la explicación a la campaña orquestada y dirigida contra al senador Gerardo Fernández Noroña, de los insultos y golpes propinados por el dirigente del PRI, Alejandro Moreno “Alito”,  y la hay.

En el contexto histórico, el PRI atraviesa otra de las múltiples crisis que ha padecido desde su fundación. Después de  la  renuncia del senador Néstor Camarillo Medina —ex dirigente del PRI en Puebla—, el partido cayó a la cuarta fuerza política en la Cámara Alta, rebasado por su antiguo satélite: el Verde Ecologista.

La salida de Camarillo provocó lo impensable: por primera vez desde su fundación, hace en 96 años, el PRI quedó fuera de la Mesa Directiva del Senado, sin posibilidad de ocupar una vicepresidencia, lugar que ahora ostenta el Verde, el pan y  morena, además de la presidencia.

Alejandro Moreno Cárdenas, el célebre “Alito” —aquel que dijo que a los periodistas no se les mata a balazos, sino de hambre— ha visto pasar sobre su dirigencia puras derrotas.

Fíjense; El PRI perdió la presidencia en 2018, luego 11 gubernaturas, y hoy solo “gobierna” en dos estados: Coahuila y Durango.

En 2021, las elecciones más grandes de la historia reciente, se disputaron 17 gubernaturas y las 500 diputaciones federales. Ese año el PRI perdió 8 estados, la mayoría ante el empuje de Morena: Campeche, Colima, Guerrero, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Zacatecas y Tlaxcala.

Bueno Aun así, la militancia le extendió a Alito el mandato más allá de 2024. Resultado: derrotas consecutivas y un partido que camina como una rémora,  aliado del PAN, mendigando posiciones.

Y como colofón, Alito y sus cuadernos de doble raya decidieron armarle un cuatro a Gerardo Fernández Noroña en el Senado. Rubén Moreira cerrándole el paso, otros priistas empujando, y el morenista vituperado y golpeado, junto con un empleado de la Cámara y hasta a la senadora Dolores Padierna le tocó un trompo.

Una escena penosa, de politiquería barata, que hoy tiene a medio país pidiendo el desafuero de Alito Moreno y su ingreso a la cárcel con todo y ayudantes.

El episodio recordó un pasaje de las memorias del cacique potosino Gonzalo N. Santos, “El Alazán Tostado”, quien se jactaba de haber sacado del Congreso de la Unión, pistola en mano al prócer nicaragüense César Augusto Sandino.

Era el México posrevolucionario. Hoy, en pleno siglo XXI, Alejandro Moreno parece reeditar aquel cacicazgo de caricatura: un dirigente señalado por sus propios compañeros como el principal responsable de la debacle del otrora partidazo.

Cierto es que Alito solo no destruyó al PRI. Desde Díaz Ordaz hasta Enrique Peña Nieto, cada uno abonó al derrumbe del sistema: desmantelaron la planta productiva nacional y abrieron la puerta a intereses extranjeros. Alito es apenas el último eslabón de esa cadena de descomposición.

Y si renuncia al cargo, ¿importa? En realidad no. Porque los golpes a Noroña fueron apenas un caramelo en la tragedia priista.

Alito se irá cuando termine de echar a la basura la historia del PRI… y de paso, la de todos sus compañeros, incluido el “Batman” de Tamaulipas.

Obsceno final de un partido que gobernó México durante más de siete décadas, el Nacionalismo Revolucionario no lo conoció Alito, ”El Porro”,  él solo conoce de golpes y compra de conciencias.

Alito cree a pie juntillas aquello que dijera, -de nuevo el potosino-, Gonzalo N. Santos: “la moral es un árbol que da moras”.

Desde Mi Trinchera Vietnamita, más Janambre que nunca.

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