Por María Jaramillo Alanís
Hay mentiras que se dicen una sola vez y se caen solas.
Y hay otras —más burdas— que se repiten con la esperanza de que el eco sustituya a los hechos.
Eso hizo el diputado local plurinominal Ismael García Cabeza de Vaca cuando intentó “aclarar” lo que fue la Oficina Olé durante el pasado sexenio.
En menos de dos minutos pronunció cuatro veces la palabra verdad.
El problema es que no dijo ninguna.
Aseguró que la Oficina Olé era su oficina de enlace como senador de la República. Falso.
Los registros periodísticos de la época son claros: la oficina de enlace senatorial se abrió en el cruce del bulevar Adolfo López Mateos y calle Diez, en Ciudad Victoria.
La Oficina Olé estaba —y está— en el bulevar Fidel Velázquez número 1871. El mismo rumbo, sí, pero otro inmueble, otra función y otro tiempo.

Porque hay un dato que el diputado evita cuidadosamente: en la Oficina Olé se “despachaba” mucho antes de que fuera electo senador.
Desde ahí grabó audiovisuales de apoyo a la campaña presidencial de Ricardo Anaya Cortés, cuando todavía no tenía investidura, ni encargo legislativo, ni oficina oficial que justificar.
Eso de que “recibía a todo tipo de ciudadano” suena tan creíble como su otra coartada recurrente: que no asiste al Congreso ni a las comisiones porque anda “en territorio”.
Las redes sociales —que él alimenta— lo desmienten: abundan insultos, descalificaciones y mentiras; escasean fotos, testimonios o evidencias de reuniones reales con colonos, ejidatarios o ciudadanos de carne y hueso. Nadie lo ha visto. Nadie lo recuerda. Nadie puede probarlo.
La verdad —esa que no necesita repetirse— es que sigue pendiente que aclare las investigaciones periodísticas que lo señalan como operador central del saqueo a dependencias estatales, entes autónomos y municipios durante el desgobierno de su hermano.
Y aquí es donde el discurso se rompe.
Porque la llamada Oficina Olé no fue un espacio de gestión ciudadana.
Fue un búnker político-financiero.
Ahí se pactaron rentas a través de intermediarios como “El Ruso”.
Ahí operó Braulio Romero Ascencio, entonces Director General de Administración de la Fiscalía, usando personal del Estado para negocios privados.
Ahí se montó una estructura paralela de espionaje, intervención de comunicaciones, guerra sucia digital y extorsión, operada desde fuera por su hermano Gabriel Ángel Romero Ascencio.
Ahí —según fuentes directas y reportajes documentados— Ismael García Cabeza de Vaca asignaba cuotas, recogía y administraba el flujo de extorsiones, los famosos “diezmos” del 30 por ciento a proveedores, el retiro de pagos completos y la canalización de recursos a empresas factureras.
Los visitantes frecuentes a la Oficina Olé no eran ciudadanos, sino funcionarios hoy procesados:
Enrique Jorge “Henry” Nader y Román Castillo Airola, ambos piezas clave en los desvíos multimillonarios del sector salud, compras públicas y COMAPAS.
Las COMAPAS, por cierto, fueron cajas chicas recurrentes del saqueo.
Solo en Victoria, el paso de Román Castillo dejó un endeudamiento de más de 400 millones de pesos, únicamente por energía eléctrica no pagada, para cumplir cuotas políticas.
En el sur del estado, los desvíos superan los mil millones de pesos, según denuncias formales.
El modus operandi se repite: perdonar adeudos millonarios, como el del empresario Luis Pastrana Valls por tomas clandestinas de agua, para luego recompensarlo con adjudicaciones directas de millones de despensas que nadie vio entregar.
El agua robada se volvió nada.
Las despensas, fantasmas.
El dinero, intacto… pero en otras cuentas.
La Unidad de Inteligencia Financiera lo documentó: propiedades en Texas, camionetas millonarias, ingresos que no corresponden con su perfil fiscal, sueldos de empresas fachada y EFO-Empresas que Facturan Operaciones Simuladas-
De 65.2 millones identificados, solo reportó 18.3.
Y aun así, hoy pretende reducir todo a una “cortina de humo”.
No lo es.
Las investigaciones no se borran con discursos.
Los reportajes no se anulan repitiendo la palabra verdad.
Y los viejos escudos ya no están.
Ya no hay fiscales ni jueces a modo que los protejan.
El escenario cambió.
La impunidad dejó de ser garantía.
No es amenaza.
No es consigna.
Es consecuencia.
Porque en Tamaulipas, todos los caminos de la corrupción del pasado sexenio conducen a Olé.
Y casi todos, inevitablemente, a Ismael García Cabeza de Vaca, el menor de los Tres García.
Desde Mi Trinchera…



