Con Américo se rompió el círculo de la persecución

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Por María Jaramillo Alanís

Durante años, ejercer el periodismo en Tamaulipas fue una actividad de alto riesgo. No solo por la violencia que marcó al estado, sino por la persecución sistemática desde el poder. Hostigamiento, censura, amenazas, campañas de linchamiento y castigos económicos fueron prácticas normalizadas contra quienes se atrevieron a cuestionar.

Ese círculo perverso se rompió en octubre del 2022, a la llegada de Américo Villarreal Anaya.

No fue una concesión ni un acto de cortesía institucional: fue una decisión política. A la llegada de Américo Villarreal Anaya al gobierno, la relación entre el poder y el periodismo dejó de sostenerse en el miedo y la represalia para reconstruirse sobre el respeto a la libertad de expresión.

Las historias de terror tienen nombres y apellidos. Desde el poder político se arremetió no solo contra periodistas, sino contra sus familias. Hubo persecuciones abiertas, expulsiones forzadas y exilios internos.

Francisco Cuéllar Cardona y su familia,  se cuentan entre quienes fueron obligados a salir del estado por el régimen panista, un régimen que ya fue juzgado por el pueblo en las urnas, pero que sigue impune, vociferando desde el extranjero.

El mensaje del gobernador durante el Día del Periodista no fue retórico. Cuando afirma que en Tamaulipas no se persigue ni se intenta silenciar a nadie, habla desde los hechos. Hoy el periodista pregunta, publica y critica sin que el aparato del Estado se active para castigar la disidencia.

Y eso no es menor.

Porque el periodismo no solo informa: incomoda, exhibe, cuestiona y obliga a corregir. Los gobiernos autoritarios lo temen; los democráticos lo necesitan. Entender esa diferencia permite dimensionar el momento político que vive Tamaulipas.

Américo lo dijo con claridad al comparar el periodismo con la cirugía: exige precisión, ética y responsabilidad. Dar la cara, no refugiarse en el anonimato cobarde que suele esconder intereses, diatriba o perversidad. Es una definición que también interpela al gremio y eleva el estándar del oficio.

Pero el gobernador fue más allá de la denuncia del pasado. Hizo propuestas claras y necesarias: profundizar en la calidad de la información, elevar el estándar del oficio y asumir que información y verdad deben ser una misma exigencia. No como consigna moral, sino como condición para mejorar la toma de decisiones, la función pública y el ejercicio del poder.

Planteó también que el periodismo es pieza clave en la construcción de una realidad más justa. No se trata solo de narrar lo que ocurre, sino de hacerlo con rigor, ética y responsabilidad social, para que la información sirva a la ciudadanía y no a intereses ocultos.

Aunque nada borra de la memoria que durante años quedaron documentadas las agresiones, el acoso y las amenazas contra periodistas críticos. Muchos pagaron un precio alto por ejercer su derecho a informar. Esa herida no se cierra con discursos, pero sí se dignifica con garantías reales.

Hoy, en el gobierno humanista que  encabeza Américo Villarreal se refleja algo esencial: el respeto a la palabra incómoda. Una prensa libre no es enemiga del poder; es aliada de la verdad, de la rendición de cuentas y de las decisiones públicas que sirven a la sociedad.

Tamaulipas enfrenta aún retos profundos pero hay una diferencia de fondo: el poder ya no persigue al periodismo.

Y cuando un gobierno entiende que la verdad no se reprime, sino que se escucha, comienza una transformación auténtica.

 Y ese cambio no es discurso: es ruptura.

Desde Mi Trinchera…

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