Por María Jaramillo Alanís
No, no todos escuchan. Tampoco todos caminan el territorio. Y vale la pregunta incómoda: ¿la ciudadanía conoce realmente a sus legisladoras y legisladores locales y federales? En muchos distritos la respuesta es un silencio incómodo. Porque no todo es miel sobre hojuelas, aunque así se venda en redes sociales.
El reclamo de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no debe leerse como un episodio aislado ni como una anécdota regional. Es, en el fondo, una expresión de hartazgo frente a una clase política que confunde presencia con propaganda, cercanía con fotografía y trabajo con pose.
Y ese reclamo debe asumirse con humildad por una razón elemental: no existe un solo activo político de Morena, del Partido Verde o del PT que haya llegado por méritos propios desligados del movimiento que encabezó Andrés Manuel López Obrador.
Todas y todos —sin excepción— le deben el cargo a un hombre, a un proyecto y a una coyuntura histórica. Incluida la propia Presidenta, quien no lo ha negado y que encabezó el llamado Plan C porque así lo aconsejó, con claridad, el entonces Presidente de la República.
Fingir autonomía política, hoy, no solo es deshonesto: es una forma de ingratitud política.
El llamado de atención presidencial no es otra cosa que el cansancio de ver cómo algunas y algunos políticos usan su imagen para acarrear agua a su molino. Casos sobran.
El de Olga Sosa es ilustrativo, pero no exclusivo. Mujeres y hombres que se abalanzan sobre la Presidenta para tomarse la foto, presumir “cercanía”, estrenar la barajita de la semana y luego vender la narrativa de que “la Presidenta los quiere mucho”, “los respalda” y “los ve con buenos ojos”. Nada más alejado de la verdad.
La ciudadanía no es ingenua. Puede que tolere la simulación un tiempo, pero no la premia eternamente. El regaño debe ser asumido por Baja California, por San Luis Potosí y también por Tamaulipas.
Recordarles que la política nace en la calle, no en la cámara del celular. Y peor aún; la decadencia de los cuadros políticos es evidente y el mensaje resuena lejos y muy cerca: o regresan al territorio o seguirán perdiendo credibilidad
Incluso ahí donde se ha avanzado, todavía hay quienes creen que las joyas, la ropa de marca y el glamour político sustituyen al trabajo territorial y al compromiso social.
La soberbia es un mala consejera, y en política suele cobrarse con intereses.
El proceso electoral local y federal arranca en septiembre y está más cerca de lo que muchos creen.
Quienes hoy se sienten intocables, quienes creen que el cargo es un patrimonio personal y no un encargo colectivo, probablemente no volverán a aparecer ni en el polvo del camino.
¡Ojalá!
Porque la transformación no se construye desde el espejo ni desde la vanidad, sino desde el territorio, la humildad y la memoria.
Y la memoria, tarde o temprano, siempre pasa factura.
Desde Mi Trinchera…



