Por María Jaramillo Alanís
Lo del 8M dejó muchas cosas claras.
El machismo no tiene género. Hay hombres machistas… y también mujeres machistas.
Y ese comportamiento es el que tenemos que desterrar. No con odio, sino con crianza, educación y conciencia.
Mujeres jóvenes y adultas salieron a marchar. Y lo que recibieron de muchos fue odio e insultos desde el sillón de la casa. Descalificaciones desde la comodidad del teléfono.
Porque hay quienes no soportan ver mujeres protestando, señalando y exigiendo a los gobernantes que hagan su trabajo.
En lo local, hubo algo que a muchos debería sacudirles la conciencia: una jovencita dio la cara, con miedo —mucho miedo—, para pedirle protección a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo para ella y su familia.
Lo hizo con el corazón roto.
La doctora García dijo algo muy claro: la Fiscalía sí está trabajando, pero también ha habido desinformación sobre su agresor. Y eso también es violencia.
Lo importante es que en el 8M la doctora García y su familia no están solas.
Lo verdaderamente indignante es leer a tantas personas insultando a las jóvenes, niñas, madres y abuelas que marcharon.
¿Dónde quedó el amor al prójimo?
¿Dónde quedó la misericordia?
¿Dónde quedó Dios?
¿A qué van entonces cada domingo a la iglesia?
Al principio pensé que muchos comentarios en redes sociales eran bots. No. Son personas reales.
Personas sin empatía.
Sin corazón.
Tampoco se salvan quienes hoy intentan sembrar dudas o dicen que a la doctora García la manipulan.
Yo la vi.
La mueve su dolor.
La mueve su indignación.
Que nadie se equivoque: vimos a una joven que no se va a detener por nadie.
Defendamos. Acompañemos. Ayudemos.
Y si usted no está de acuerdo, está en su derecho.
Pero al menos no estorbe.
Porque ojalá —de verdad ojalá— nunca le toque vivir lo que vivieron las doctoras del Hospital Infantil… y tener que enfrentar, además del dolor, a desalmados y desalmadas.
Aquí no hay mentira. Aquí como siempre, sobran ovarios.
Como veo, doy.
Desde Mi Trinchera.



