Por María Jaramillo Alanís
En política, la percepción no es un accesorio: es el terreno donde realmente se disputa el poder. No se construye con cifras ni con informes técnicos, sino con emociones. Surge de lo que la gente ve, escucha y, sobre todo, de lo que siente.
Bajo esa lógica, cualquier decisión de gobierno —incluidos los cambios de gabinete— trasciende lo administrativo y se convierte en un mensaje político. Y es ahí donde el gobierno de Américo Villarreal Anaya enfrenta uno de sus mayores retos narrativos.
A tres años y medio del inicio de su administración, 13 de los secretarios y secretarias del gabinete designados originalmente han dejado sus cargos. La cifra, por sí misma, evidencia una reconfiguración constante del gabinete estatal, pero en términos de percepción, abre un debate más profundo: ¿se trata de evaluación permanente, inestabilidad o capricho político?
El relevo de perfiles no solo responde a ajustes administrativos. También refleja decisiones estratégicas que han movido piezas hacia otros espacios: Senado, Poder Judicial, gobiernos municipales o incluso de regreso al ámbito privado. Es decir, no todos los cambios significan ruptura, pero sí reacomodo.
Sin embargo, en política no basta con que los movimientos tengan lógica interna; deben tener sentido público. Y ahí es donde la narrativa se vuelve determinante.
En campaña y al arranque del sexenio, el mandatario apostó por un equipo bajo los principios de capacidad, honestidad y lealtad, incluido el de comunicación social que se la jugó día a día frente a las embestidas del cabecismo.
Hoy, con una alta rotación en posiciones clave —seguridad, finanzas, educación, salud y desarrollo— la percepción puede inclinarse hacia desgaste o falta de continuidad, especialmente cuando algunos desempeños han sido calificados como discretos o sin impacto visible.
La salida, reubicación o relevo de figuras como Adriana Lozano, Jesús Lavín Verástegui, Tania Contreras, Vicente Joel Hernández Navarro, Francisco Cuéllar Cardona, entre otros, dibuja un mapa político dinámico, pero también complejo.
Un gobierno en movimiento constante puede interpretarse como adaptación… o generador de incertidumbre.
Aquí es donde cobra relevancia lo que sostienen consultores como Avidel Villarreal Gálvez, quién afirma en su artículo “¿Por qué nadie te vota si “ya hiciste todo bien”?: que los gobiernos no solo deben hacer, sino saber comunicar lo que hacen. Porque si la narrativa emocional no conecta, los logros se diluyen.
“La percepción es una construcción emocional. Se forma con lo que se ve, se oye y, sobre todo, con lo que se siente. No responde a verdades objetivas ni a datos fríos. Por eso, no importa cuán sólidos sean los logros de una figura pública: si su narrativa emocional no resuena, si su imagen no genera cercanía o credibilidad, su proyecto está en riesgo” Afirma Villarreal Gálvez.
Y es aplicable a lo que por estos días hemos visto los tamaulipecos, tema inédito, pues si revisamos los anteriores gobernantes, incluido el panista, jamás sucedió lo de ahora.
El fenómeno de cambios en el gabinete revela una evaluación continua, sí, pero también deja ver tensiones internas, desgaste natural del ejercicio del poder y la necesidad de ajustar equipos frente a los desafíos del gobierno.
El problema no es cambiar. El problema es cómo se perciben esos cambios.
En la segunda mitad del sexenio, el Ejecutivo mantiene su narrativa de transformación, apostando por nuevos perfiles para sostener el rumbo. No obstante, el desafío ya no es solo administrativo, sino comunicativo: convertir los ajustes en certeza, y no en duda.
Porque al final, en política, la percepción no sustituye a la realidad… pero sí la define.
Y hasta hoy mismo, la realidad es que en la calle, en los cafés, los cambios no bastan para enderezar un camino que lleva a más desgaste, y a la autodestrucción.
Ojalá, que se piense más con serenidad y cabeza fría antes que cambien hasta de color.
Desde Mi Trinchera…



