Por María Jaramillo Alanís
Inicia la glosa del Cuarto Informe de Gobierno en el Congreso local. En el papel, un ejercicio de rendición de cuentas. En la realidad, una pasarela controlada donde se protege a unos y se expone a otros, según convenga.
El ejemplo más claro es el del secretario del Trabajo, Gerardo Illoldi. Otra vez lo mandan a comisiones. Otra vez lo sacan del pleno. Otra vez lo esconden.
Y no es gratuito.
Tamaulipas enfrenta una sacudida real en su mercado laboral, particularmente en la industria maquiladora, y simplemente no hay una política laboral clara, efectiva ni visible para contener el golpe.
Las cifras oficiales intentan suavizar el desastre: 4 mil empleos perdidos en lo que va del año, dice Illoldi. Pero la realidad en Matamoros es otra. Maquiladoras que se van sin hacer ruido y cerca de 8 mil trabajadores que se quedan en la calle, muchos de ellos con alta especialización y sin alternativas inmediatas.

Y frente a esto, ¿qué hay?
Discursos.
Justificaciones.
Y una narrativa cómoda que habla de “dinámica natural del mercado”.
No. No es normal.
No es normal que se vayan empresas sin que exista una estrategia de contención.
No es normal que miles pierdan su empleo sin un plan serio de reubicación.
No es normal que la respuesta institucional sea minimizar el problema.
Lo que sí parece normal —pero resulta inaceptable— es el nivel de desconexión del secretario del Trabajo con la realidad.
Porque mientras el empleo se desploma, buena parte del gabinete ya está en otra cosa: en campaña. Haciendo caso omiso al llamado del gobernador Américo.
Secretarias y secretarios más preocupados por el 2027 que por el 2026. Más ocupados en posicionarse, en construir candidaturas, en cuidar su imagen… que en resolver los problemas que hoy están golpeando a miles de familias.
Esa es la verdadera crisis.
La ausencia de una política laboral no es casualidad, es consecuencia. Consecuencia de un gabinete distraído, de funcionarios que ya no están donde deben estar, de una administración donde las prioridades se desdibujaron frente a la ambición política.
Por eso a Illoldi lo mandan a comisiones.
Porque llevarlo al pleno implicaría exhibir lo evidente: que no hay respuestas, que no hay estrategia y que no hay rumbo claro en materia laboral.
Y eso, en tiempos de campaña adelantada, estorba.
Se opta entonces por lo de siempre:
ocultar,
simular,
administrar el desgaste.
Pero la realidad no se esconde.
Ahí están los miles de desempleados.
Ahí están las plantas cerradas.
Ahí está la incertidumbre creciendo.
Y mientras tanto, Illoldi juega a la política.
Porque al final, Gerardo Illoldi ha dejado claro de qué lado está: no del lado de los obreros, no del lado de las familias que hoy no saben qué van a comer mañana, sino del lado del poder cómodo, del escritorio frío y de una visión insensible que desprecia la realidad social.
Ese es su verdadero rostro: el de un funcionario que habla de cifras mientras la gente pierde el sustento, que se esconde cuando debe dar la cara y que, en los hechos, ha optado por abandonar a quienes debería defender.
Y eso no es ideología: es indiferencia.
Es cuánto.
Desde Mi Trinchera…



