Por María Jaramillo Alanís.
Mientras el discurso público se concentra en la coyuntura política, hay una realidad silenciosa que avanza sin pausa en Tamaulipas: la diabetes. No es un dato menor ni una estadística más; es, en los hechos, una de las principales amenazas a la salud pública y al futuro en miles de familias.
Las cifras del Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiológica son contundentes.
En apenas doce semanas de 2026, la entidad acumula 54 casos de diabetes tipo I, con un repunte reciente que ya supera los registros del año anterior. Pero el foco rojo está en la diabetes tipo II: 6 mil 397 diagnósticos en lo que va del año, con 639 casos en una sola semana. La magnitud no admite matices.
A este panorama se suma un factor que agrava aún más la situación: la falta de medicamentos para el control de la enfermedad.
Pacientes que dependen de tratamientos constantes enfrentan interrupciones en el suministro, lo que provoca descompensaciones, complicaciones aceleradas y, en muchos casos, hospitalizaciones que en el mejor de los casos, solo es para estabilizar, aunque a las familias les cueste todos los insumos, desde medicinas hasta algodón. La diabetes, sin control adecuado, no da tregua.
El problema no es aislado. La hipertensión arterial suma ya 3 mil 613 casos; las enfermedades isquémicas del corazón alcanzan 432; y los padecimientos cerebrovasculares, 418. A ello se agregan afecciones como la insuficiencia venosa periférica, el asma y diversos trastornos digestivos que, en conjunto, dibujan un panorama de enfermedades crónicas en expansión.
Lo que estos números reflejan es una presión constante sobre el sistema de salud, pero también una deuda estructural en prevención y atención oportuna.
La diabetes no aparece de la nada: está asociada a hábitos, a condiciones sociales, a acceso desigual a servicios médicos y, como ahora queda claro, a fallas en el abasto de insumos básicos para su tratamiento.
Y quien lo dude acuda al servicio médico de los hospitales-el que gusten- para que comprueben que no existe medicamento ni los insumos hospitalarios.
Y en este contexto, resulta pertinente hablar de ciencia, de conocimiento y de quienes han dedicado su vida a ello.
La Universidad Autónoma de Tamaulipas ha decidido otorgar el doctorado honoris causa al doctor David Kershenobich Stalnikowitz, actual secretario de Salud, cuya trayectoria en la investigación clínica —particularmente en enfermedades hepáticas— representa justamente lo que el país necesita: rigor, experiencia y compromiso con la salud pública.
Dámaso Anaya, rector de la UAT, planteó la curricula del Dr. Kershenobich. Se trata de un científico con más de quinientas publicaciones, pionero en estudios sobre hepatitis C y fibrosis hepática, y formador de generaciones de médicos. En tiempos donde la enfermedad avanza más rápido que las soluciones, apostar por la ciencia es, sin duda, una señal correcta.
Sin embargo, el contraste es inevitable.
Mientras por un lado se reconoce al conocimiento, por el otro, la política local vuelve a exhibir su rostro más cuestionable. El caso de Luis Miguel Garduño Castañeda, detenido en Texas con droga oculta en su vehículo, revive una historia que se repite con demasiada frecuencia en Matamoros: funcionarios, exfuncionarios o cercanos al poder envueltos en escándalos.
La reacción del gobierno municipal de Matamoros fue inmediata… pero predecible. Deslindes, comunicados, negaciones. La narrativa de siempre: “no era parte”, “no trabajaba aquí”, “no lo conocemos”. Lo mismo de otras ocasiones. Lo mismo de siempre.
No se trata de un nombre ni de un episodio aislado, sino de una percepción creciente: la de una clase política-la de Matamoros- incapaz de sostener estándares mínimos de integridad. Y eso, más allá del costo mediático, tiene consecuencias reales en la confianza ciudadana.
Porque mientras la diabetes avanza —y se agrava por la falta de medicamentos— y exige políticas serias, prevención y atención médica eficaz, la agenda pública se distrae una y otra vez en escándalos que exhiben debilidad institucional.
Ahí está el verdadero desafío: entender que la salud pública y la calidad del gobierno están más relacionadas de lo que parece. Sin instituciones sólidas, sin ética en el ejercicio del poder, difícilmente habrá capacidad para enfrentar crisis como la que hoy representan las enfermedades crónico-degenerativas.
Tamaulipas no sólo necesita médicos e investigadores de alto nivel. Necesita, con la misma urgencia, gobiernos a la altura de sus problemas.
Ese es el fondo. Y también, la deuda.
Desde Mi Trinchera…



