Morena entre la épica fundacional y la lógica del poder

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Por María Jaramillo Alanís

La carta firmada por militantes y simpatizantes de Morena en noviembre del 2025, ya pintaba un escenario complejo,  -misiva enviada a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y a Alfonso Durazo Montaño– no fue un hecho menor ni una simple inconformidad interna. Fue en realidad, un síntoma: el reflejo de una tensión inevitable en todo movimiento que pasa de la oposición al poder. Lo que estaba y está  en juego no es solo la coherencia ideológica de la llamada Cuarta Transformación, sino algo más profundo: su identidad.

El documento construyó una narrativa de alarma. Habla de deterioro, impunidad, censura y desviación de principios. Y aunque el tono puede parecer excesivo, no surge en el vacío. La percepción de inseguridad, la opacidad en la selección de candidaturas y los conflictos internos son problemas reales, no exclusivos de Morena, pero sí particularmente sensibles en un proyecto que se fundó sobre la promesa de ser distinto, de no ser como los “marranos, cochinos, puercos” de enfrente.

Sin embargo, la carta también reveló algo más incómodo: no es únicamente una denuncia ética, sino una disputa política. Detrás del lenguaje de “principios” y “pueblo” hay una lucha clara por el control del partido, por la definición de candidaturas y por la orientación futura del movimiento. La crítica a las “encuestas” y a la “cúpula” no solo cuestiona métodos; cuestiona quién decide.

Aquí aparece la primera gran contradicción. Los firmantes rechazan la centralización del poder dentro del partido, pero al mismo tiempo apelan directamente a Claudia Sheinbaum como árbitro supremo. Es decir, critican el verticalismo mientras, que con sus hechos,  lo refuerzan. Este tipo de tensiones no son nuevas: son inherentes a los partidos que gobiernan, donde la línea entre liderazgo y concentración de poder suele volverse difusa.

Y Claudia Sheinbaum Pardo decidió ya el rumbo de su partido, claro, siempre y cuando sus cuadros más cercanos realicen justamente el trabajo pendiente y que Luisa María Alcalde Luján, no quiso y no pudo realizar, especialmente aquel relacionado con el nepotismo y la entrega de candidaturas a grupos que hoy vulneran a Morena. Se acabó, la Presidenta ha dado un manotazo, ahí están las demostraciones de quién manda y para qué es el poder.

Pero hay una arista que la carta apenas roza y que merece colocarse en el centro del debate: el amiguismo y la captura del poder por redes familiares y cercanas. El caso de Luisa María Alcalde suele mencionarse como ejemplo de cómo ciertos apellidos y trayectorias concentran influencia política, alimentando la percepción de que el acceso a posiciones clave no siempre responde al mérito o a la militancia, sino a vínculos y cercanías.

En entidades como Tamaulipas, estas críticas adquieren un matiz aún más delicado. Se señala la presencia de prácticas de nepotismo, así como la incorporación de actores políticos cuya trayectoria previa estuvo ligada a otros proyectos, particularmente al PAN o a figuras como Francisco García Cabeza de Vaca y Egidio Torre Cantú. La crítica no es menor: apunta a una aparente contradicción entre el discurso de transformación y la continuidad de élites políticas recicladas.

El problema de fondo no es únicamente quién llega, sino a quién responde.

Cuando alcaldes, diputados o funcionarios parecen más alineados con la cúpula que con sus electores, se erosiona uno de los pilares del discurso morenista: gobernar para el pueblo. Y es ahí donde surge una de las acusaciones más duras —y más difíciles de desmentir con retórica—: la distancia entre los principios fundacionales de “no robar, no mentir y no traicionar” y la práctica cotidiana del poder.

La advertencia sobre la impunidad, la corrupción interna, el amiguismo y la desconexión entre dirigencia y base toca fibras sensibles y reales. Pero la carta pierde fuerza cuando intenta presentarse como una voz puramente moral, ajena a intereses políticos. No lo es. Y no tendría por qué serlo. La política, al final, es precisamente eso: disputa.

La pregunta de fondo no es si Morena enfrenta problemas —los enfrenta—, sino cómo los interpreta y qué decide hacer con ellos. Si opta por cerrarse y disciplinar, corre el riesgo de parecerse a aquello que criticó. Si se abre sin control, puede fragmentarse. El equilibrio es frágil.

La Cuarta Transformación está, como todo proyecto de largo aliento, frente a su prueba más difícil: dejar de ser promesa y convertirse en estructura sin perder legitimidad. No es un reto menor.

Y cartas como aquella, que seguramente tiene en mente la presidenta Claudia Sheinbaum,  más allá de sus excesos y contradicciones, son un recordatorio de que el conflicto interno no es necesariamente una debilidad. Puede ser, si se procesa bien, una señal de vitalidad.

Y en todo caso, el verdadero riesgo no es la crítica dicha en la carta mentada. Es la normalización de prácticas —nepotismo, amiguismo, lealtades personales por encima del interés público— que, de consolidarse, vacían de contenido los principios que dieron origen al movimiento. Cuando eso ocurre, ya no se trata de una desviación temporal, sino de una transformación silenciosa: la del poder que termina pareciéndose demasiado a aquello que prometió sustituir.

Peor aún, sí esas mismas prácticas se utilizan como armas internas: descalificaciones, expedientes, señalamientos selectivos. Lo que antes se denunciaba como corrupción o abuso, hoy se recicla como instrumento político contra adversarios… incluso dentro del propio movimiento. Ese uso discrecional no corrige desviaciones; las administra.

Entonces, ¿en qué quedamos? Si la deshonra pública, el golpeteo interno y las cuentas públicas como mecanismo de control son ya moneda corriente, la diferencia deja de ser de principios y se vuelve apenas de narrativas.

Porque cuando el poder adopta los vicios que prometió erradicar, deja de ser alternativa y se convierte simplemente en relevo.

Y entonces hoy mismo, Morena es un verdadero galimatías que podría perder, al menos, en el 2027, la mitad del territorio tamaulipeco, a manos del Verde y del emece, aunque no les guste a los que venden desde ahora el sueño guajiro de “carro completo”, (me recuerdan a Gamundi, alter ego de algunos).

La verdad sea dicha, es que el morenismo, así como se conduce en Tamaulipas, no merece ganar una sola regiduría.

Desde Mi Trinchera…

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