Por María Jaramillo Alanís
En Reynosa ya ni siquiera se molestan en disimular. Mientras Maki Ortiz Domínguez vuelve a destaparse como futura candidata a la gubernatura de Tamaulipas —anunciando mudanza a Ciudad Victoria incluida— y su heredero, Carlos Peña Ortiz, juega a convertirse en una especie de caudillo Morenista versión Verde Ecologista, la escena política fronteriza terminó convertida en un pantano de cinismo, insultos y reciclaje de impunidades.
Porque detrás de las fotografías, de los abrazos con Karen Castrejón Trujillo, de las giras con Manuel Muñoz Cano y de las sonrisas de Cassandra de los Santos, lo que verdaderamente asoma es algo mucho más viejo y más peligroso: el regreso de las familias que durante décadas se creyeron dueñas de Tamaulipas.
Los mismos grupos. Los mismos apellidos. Las mismas herencias políticas. Las mismas fortunas. Las mismas redes de poder.
Porque en Tamaulipas el poder no solamente se disputó durante años: se heredó.
Hay historias relacionadas con estos que hoy se venden ante el electorado como pulcros y honestos. Estos heredaron tierras. Se heredaron empresas. Se heredaron contratos. Se heredaron influencias. Y ahora quieren seguir heredándose los cargos públicos como si fueran propiedades familiares.
¿O acaso Manuel Muñoz supone que el pueblo perdió la memoria?
Ahí está el caso de Maki Ortiz, heredándole políticamente Reynosa a su hijo, un alcalde que habla como cacique de cantina y gobierna como si el municipio fuera patrimonio privado de los Peña Ortiz.
Y está también Manuel Muñoz Cano, representante de otra estirpe política acostumbrada a moverse entre privilegios, relaciones y estructuras construidas desde el viejo régimen tamaulipeco.
No representan una nueva generación. Representan la continuación de un sistema de castas políticas que por décadas convirtió al estado en un tablero repartido entre familias.
Y Carlos Peña Ortiz sigue escupiendo al cielo. Insulta. Amenaza. Descalifica. Se victimiza. Reparte culpas. Y actúa como si no tuviera que rendir cuentas.
Pero el problema de escupir al cielo es que tarde o temprano el escupitajo termina cayendo sobre quien lo lanzó.
Desde el 2018 o antes, cambió el ánimo social. La gente no sólo observa, la gente recuerda y acumula los agravios. Y aunque la justicia terrenal avance con desesperante lentitud, existe una convicción popular profundamente arraigada en esta tierra norteña: la justicia divina siempre encuentra el camino.
Más temprano que tarde, Francisco Javier García Cabeza de Vaca, amigo de Maki Ortiz- los Peña Ortiz, y todo el círculo cercano de los Vaca, grupos políticos que hoy libran batallas contra expedientes judiciales y sobreviven gracias a influencias, tendrán que responder de alguna manera ante las autoridades terrenales o divinas.
Tal vez no hoy. Tal vez no mañana. Tal vez no frente a las cámaras y el micrófono.
De lo que hay certeza es que ninguna estructura de poder es eterna.
Pues en Tamaulipas ya son demasiados los que se enriquecieron desde el poder mientras el pueblo sobrevivía entre el miedo, violencia, corrupción y abandono.
Por eso la calle comienza a murmurar algo que no aparece en los discursos oficiales ni en las conferencias de prensa: Que la justicia humana puede tardar… pero la otra, la divina y la que nace de la memoria, del desgaste moral y de la caída inevitable de los soberbios, esa termina llegando más temprano que tarde.
Desde Mi Trinchera…



