Por María Jaramillo Alanís
La noche del sábado, el pequeño Auditorio Alberto López del Centro Cultural Tamaulipas vivió una de esas veladas que se recordarán por mucho tiempo, que demuestra una vez más que el arte sigue siendo indispensable.
El pianista Mateo Hurtado Castillo, nacido en Boston, Massachusetts, pero con profundas raíces familiares en Ciudad Victoria, deleitó a un auditorio ávido de experiencias auténticas con Fusión, un concepto musical que trasciende géneros y etiquetas para recorrer algunos de los caminos más significativos de la música de los últimos cien años.

El programa enlazó las sensibilidades de Bill Evans, Duke Ellington, Chick Corea, Alberto Ginastera, György Kurtág, Pierre Boulez y Consuelo Velázquez, entre otros autores, bajo la mirada interpretativa de un músico que no se limita a ejecutar partituras, sino que dialoga con ellas y las transforma desde su propia personalidad artística.
Mateo ha recibido reconocimientos en concursos internacionales de Alemania, Irlanda, Estados Unidos, México, España, Croacia, Bosnia-Herzegovina e Inglaterra. Debutó en el Palacio de Bellas Artes a los quince años y hoy desarrolla una gira artística respaldada por una beca otorgada por el Gobierno de México y traído a esta Victoria por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (Itca).
Pero más allá de los premios, lo que anoche del sábado quedó de manifiesto fue la madurez de un artista.

Mateo no es un jovencito aprendiz ni una promesa en construcción. Es un músico formado, dueño de una sensibilidad capaz de transitar por los matices más delicados y suaves para desembocar, cuando la obra lo exige, en remates intensos y poderosos.
Su interpretación no sólo revela disciplina técnica; también expresa una comprensión profunda de la música y de sus silencios.
La ejecución de Fusión fue también un acto de resistencia.
En tiempos dominados por la inmediatez, por la distracción permanente y por la fugacidad de las redes sociales, sentarse a escuchar un concierto de piano durante más de una hora constituye casi un desafío cultural. Mateo lo entiende. Quizá muchos de los asistentes lo descubrieron esa noche: la música sigue siendo uno de los pocos espacios donde el tiempo recupera profundidad y sentido.
La gira de Mateo Hurtado Castillo comenzó precisamente en Ciudad Victoria, la tierra de su madre y de sus abuelos. Continuará por San Luis Potosí, cuna de su padre, el maestro José Luis Hurtado Ruelas, para después recorrer diversos escenarios de México y Estados Unidos.
Mientras existan artistas como Mateo y públicos capaces de llenar casi por completo un recinto para escuchar música hecha con rigor, inteligencia y emoción, el arte seguirá teniendo futuro.
Y mientras el público aplaudía, detrás del escenario se escribía otra historia.
Ahí estaban Zaira Castillo Malibrán y el maestro José Luis Hurtado Ruelas, padres de Mateo; también Olivia Malibrán, acompañando con la emoción serena de quien conoce el largo camino recorrido para llegar a una noche así.
Pero había una presencia más.
La de Salvador “Chava” Castillo Lastra (+), escultor, artesano y creador de formas nacidas del bronce, del barro y de la paciencia. Durante años modeló figuras con sus manos, arrancándole belleza a la materia. Y de alguna manera también ayudó a esculpir a su nieto.
Porque los abuelos artistas no sólo heredan apellidos. Heredan sensibilidad, disciplina, mirada y amor por la creación.
Anoche no estaba sentado entre el público. No ocupaba ninguna butaca. Sin embargo, resultaba imposible no imaginarlo sonriendo desde el cielo mientras las manos de Mateo recorrían el teclado.
Chava había dedicado su vida a esculpir. Y quizás su obra más hermosa no fue una figura de bronce, ni una pieza artesanal. Quizás fue contribuir a moldear el espíritu de Mateo que ahora transforma el silencio en música.
Mientras las notas llenaban el teatro, también resonaba una herencia invisible: la de una familia donde el arte se transmite como un legado de amor y de trabajo.

Anoche, Ciudad Victoria no sólo escuchó a un gran pianista. Fue testigo de la continuidad de una estirpe de creadores.
Y allá arriba, donde habitan los artistas que nunca terminan de irse, seguramente Chava sonreía orgulloso, viendo cómo la obra de sus manos y de su corazón seguía viva en cada nota que brotaba del piano.



