Samuel y la pobreza que le arruina la fotografía

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Por María Jaramillo Alanís

Hay políticos que construyen hospitales. Otros construyen escuelas. Muchos construyen carreteras. Y luego está Samuel García, que construye muros para que no se vean los pobres.

La noticia parece chiste, pero no lo es.

El argumento de Sami y Marianita es que vendrían miles de visitantes a Nuevo León por el Mundial de Futbol, y entonces el gobierno estatal decidió colocar mallas, bardas y enormes lonas para ocultar colonias populares ubicadas sobre algunas de las principales avenidas de Monterrey y Guadalupe.

La pobreza, al parecer, les arruinaba la fotografía. Pero el problema no son las casas de lámina; la molestia no es que existan familias sobreviviendo en condiciones indignas. El problema, según la lógica de estos genios del marketing político, es que alguien las vea.

Es la misma mentalidad de la señora o el señor que esconde la basura debajo de la alfombra y luego presume que tiene limpia la sala.

Aunque no resuelven nada. No mejoran nada. No transforman nada. Los emecistas simplemente tapan lo que les incomoda.

Lo más insultante es que esta práctica proviene de personajes que pasan la vida dando discursos sobre inclusión, derechos, democracia, igualdad y modernidad.

Son los mismos que se toman fotografías abrazando niños pobres durante las campañas y después levantan bardas para que esos mismos niños no aparezcan en las postales oficiales.

La pobreza les sirve para ganar elecciones, pero no soportan verla.

Durante años criticaron a las viejas élites por clasistas, racistas y discriminadoras. Hoy hacen exactamente lo mismo, pero con filtro de Instagram.

Presumen juventud, innovación y pensamiento de vanguardia, pero gobiernan con la misma obsesión de las castas que siempre han considerado que los pobres afean el paisaje.

Les molestan las casas humildes. Les incomodan los barrios populares. Les irrita que la realidad se meta en la toma aérea del dron. No quieren combatir la desigualdad. Quieren editarla. Quieren borrar del encuadre todo aquello que contradiga la propaganda oficial.

Como si una lona pudiera ocultar décadas de abandono. Como si una malla verde pudiera desaparecer la marginación. Como si la miseria se resolviera igual que un defecto en Photoshop.

Lo verdaderamente grotesco no son las viviendas que intentan esconder; lo grotesco es la mentalidad de quienes creen que la pobreza es un problema visual.

Porque detrás de cada muro levantado para ocultar a los pobres siempre aparece la misma idea miserable: que existen ciudadanos de primera y ciudadanos que estorban.

Y ahí es donde se cae toda la máscara: la del gobierno moderno, la del discurso democrático, la de la inclusión de utilería, la del progresismo de escaparate. Porque, cuando llega la hora de mostrar la ciudad al mundo, no enseñan a los pobres como ciudadanos; los esconden como si fueran un error.

Desde Mi Trinchera, viendo los desfiguros de la “nueva” clase política.

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