- Doble nacionalidad: cuando el pasaporte también sirve de salvavidas
Por María JARAMILLO ALANÍS
La Constitución mexicana es clara: quien conserve sus derechos políticos puede votar y también ser votado, aunque tenga dos o tres nacionalidades. Jurídicamente no hay discusión. Así lo recordó el presidente de la Junta de Gobierno del Congreso de Tamaulipas, Humberto Prieto Herrera, al afirmar que ningún mexicano puede ser discriminado por contar con una segunda ciudadanía.
Tiene razón.
El problema no está en la Constitución.
El problema aparece cuando algunos políticos convierten el segundo pasaporte en un seguro de vida política.
Porque una cosa es tener doble nacionalidad por razones familiares, laborales o de migración, y otra muy distinta utilizarla como colchón cuando el poder se acaba y comienzan se abren expedientes y las cloacas.
En Tamaulipas no hace falta buscar muy lejos para encontrar el ejemplo que contaminó el debate.
Francisco García Cabeza de Vaca.
Su nombre quedó ligado a investigaciones por presuntos actos de corrupción, operaciones financieras bajo escrutinio y otros procedimientos legales que continúan en diversas instancias federales y estatales. Sin embargo, no existe una sentencia condenatoria firme.
El exgobernador ha sido durante años el rostro de una discusión: ¿qué ocurre cuando un político con enorme poder enfrenta investigaciones y, al mismo tiempo, cuenta con otra nacionalidad y permanece fuera del alcance político cotidiano de quienes gobernó?
Aquí es donde la puerca torció el rabo.
Desde entonces, cada vez que alguien habla de doble nacionalidad para ocupar cargos públicos, inevitablemente aparece el fantasma de ese sexenio.
Porque la memoria también vota.
Nadie propone quitar derechos a millones de mexicanos honestos que viven y trabajan en el extranjero. Ellos sostienen buena parte de la economía nacional con sus remesas y conservan intacto su amor por México.
Los que despiertan sospechas son los políticos profesionales.
Esos que en campaña se envuelven en la bandera mexicana, juran lealtad al pueblo, hablan de soberanía hasta quedarse afónicos y, cuando el poder se les termina, descubren que también tienen otro pasaporte, otro domicilio y, en ocasiones, otra puerta trasera por donde salir, sin dar la cara, como el caso de Vaca.
Suelen ser patriotas de micrófono, pero globalizados cuando aparece la justicia, porque esa misma ley que alude Prieto Herrera, les permite competir.
Perfecto.
Pero también debería exigirles estándares mucho más altos de transparencia, de rendición de cuentas y de compromiso institucional. Quien aspira a gobernar no puede pedir confianza absoluta mientras conserva zonas grises que alimentan la desconfianza pública.
Porque gobernar un estado no es administrar un negocio familiar. Es administrar recursos de millones de personas.
Y quien ocupa ese nivel de responsabilidad debería estar dispuesto a responder aquí, frente a los ciudadanos que le dieron el cargo, no desde la comodidad de otra jurisdicción o nacionalidad cuando el escenario político se complica.
Humberto Prieto Herrera dice que la ley lo permite.
Es cierto.
Pero también es cierto que las leyes nacen para resolver problemas, no para ignorarlos.
Y si la experiencia de Tamaulipas dejó una enseñanza, es ésta: el mayor riesgo no es que un político tenga dos nacionalidades.
El verdadero peligro aparece cuando también desarrolla dos lealtades, dos discursos… y siempre tiene preparado un segundo refugio.
Porque hay políticos que usan el pasaporte para viajar. Y hay otros que parecen conservarlo únicamente para tener lista la puerta de emergencia cuando el pueblo les cobra la factura.
Esos son los auténticos políticos sapos.
Saltan de un lado a otro según donde haya más agua…y menos justicia.
Desde Mi Trinchera…



