Los restos del PAN

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Por María JARAMILLO ALANÍS

La elección interna del PAN en Tamaulipas terminó por confirmar lo que desde hace tiempo era evidente: el panismo ya no pelea por conquistar el poder, pelea por administrar las minucias que quedan.

La victoria de la fórmula integrada por Gloria Elena Garza Jiménez y César Augusto Verástegui Ostos representa mucho más que un cambio de dirigencia.

Es el desenlace de una batalla intestina entre personajes que durante años caminaron bajo el mismo techo político, compartieron gobierno, candidaturas, privilegios y decisiones. Nadie puede decir que se enfrentaron dos proyectos distintos. Lo que se disputó fue quién conservaría el control de las siglas.

Durante semanas, la confrontación dejó de lado cualquier discurso sobre doctrina, ciudadanía o renovación. En su lugar aparecieron las impugnaciones, las descalificaciones y la guerra de lodo entre quienes hasta hace poco se llamaban compañeros, amigos y cómplices.

La paradoja resulta inevitable.

Gloria Garza y César “Truko” Verástegui fueron piezas relevantes del gobierno de Francisco García Cabeza de Vaca. Pero también lo fueron Omeheira López Reyna y Francisco Garza de Coss. Todos crecieron políticamente bajo el mismo liderazgo. Todos formaron parte del mismo grupo. Todos defendieron el mismo proyecto cuando éste concentraba el poder en Tamaulipas.

Por eso resulta difícil vender esta elección como una confrontación entre corrientes ideológicas. Fue, simple y sencillamente, una disputa familiar por la herencia de un partido que alguna vez gobernó el estado y que hoy intenta sobrevivir.

Los más radicales del cabecismo entendieron desde el primer momento lo que estaba en juego. Sin el gobierno estatal y con un escenario político completamente distinto al de hace cuatro años, el control del Comité Directivo Estatal representa el último bastión de influencia política para ese grupo.

Desde esa lógica emprendieron una ofensiva para impedir el ascenso de la fórmula encabezada por Verástegui Ostos y Gloria Garza, recurriendo incluso a una impugnación que finalmente fue desechada por la Comisión de Justicia del Consejo Nacional del PAN.

La campaña de desgaste no prosperó.

Los militantes terminaron inclinándose por la fórmula del “Truko”, quien, paradójicamente, también pertenece al mismo grupo político del que ahora algunos pretendieron excluirlo.

La política suele tener una memoria muy corta, pero los archivos no mienten.

Quienes hoy se acusan mutuamente de traición, corrupción o incapacidad compartieron durante años oficinas, campañas, decisiones y fotografías y claro, saqueo.

Fueron aliados inseparables mientras el poder alcanzó para todos. La ruptura llegó cuando el poder comenzó a escasear.

Y ahí está la verdadera historia. No ganó una nueva generación. No triunfó una corriente reformista. Mucho menos hubo una refundación del PAN.  Lo único que cambió fue el administrador.

César Verástegui y Gloria Garza recibirán un partido disminuido, con una militancia dividida, estructuras debilitadas y una credibilidad severamente golpeada. Les tocará reconstruir una organización que perdió la gubernatura, la mayoría de los municipios importantes y buena parte de la confianza ciudadana.

Administrarán, literalmente, los restos de un partido que durante años fue sinónimo de poder en Tamaulipas.

La pregunta ya no es quién ganó la elección interna.

La verdadera incógnita es si todavía queda suficiente PAN para rescatar… o si la disputa de este domingo fue simplemente la pelea por quedarse con las llaves de un edificio que hace tiempo comenzó a derrumbarse.

Desde Mi Trinchera…

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